Valeria llegó llorando a casa. Su padre la cogió en sus brazos y trató de consolarla, sin éxito. Chillaba de rabia y de pena. ¡Rompió las gafas en mil pedazos lanzándolas volando por la habitación!
Su padre, emocionado por esa tristeza inmensa cogió un cubo de agua y un cepillo y se fue al colegio. Allí frotó y frotó la pared hasta que no quedó ninguna huella de las palabras que tanto habían herido a Valeria. ¡La pared no había estado nunca tan limpia!
Pero en clase, nada había cambiado. Valeria había vuelto, sin sus gafas desgraciadas. Pero como no veía nada, atropellaba constantemente a los que se cruzaban con ella e, incluso, a veces les pisaba. No podía leer lo que estaba escrito en la pizarra, y cuando miraba a sus libros, todo se hacía borroso y carecía de sentido.







